La mayoría de nosotros no amamos ni somos amados. Tenemos muy poco amor en nuestros corazones y por esto es que lo suplicamos o lo buscamos en sucedáneos. Nuestro estado habitual es negativo, todas nuestras emociones son reacciones. De hecho, no sabemos lo que es un sentimiento positivo, lo que es amar.
El yo, el ego, está siempre usurpado por lo que le agrada o lo que no le agrada, lo que «le gusta» o «no le gusta». Siempre quiere recibir, ser amado, y eso le empuja a buscar el amor. Dar para recibir. Puede ser la generosidad de la mente, del yo, pero no es la generosidad del corazón.
Amamos con el yo, con el ego, no con el corazón. Profundamente, ese yo siempre está en conflicto con otro yo y rehúsa compartir. Vivir sin amor es vivir una contradicción perpetua, es el rechazo de lo real, de lo que es. Sin ese sentimiento, uno nunca puede encontrar la verdad y toda relación humana es dolorosa.
Si no te conoces totalmente, tu mente y tu corazón, tu dolor y tu avidez, no puedes vivir el presente. Lo que debes explorar no está más allá del ser, sino en todo el proceso de tu propia conciencia. Ésa es la base misma a partir de la cual se piensa y se siente.
El pensamiento tiene sed de continuidad, de permanencia. De allí viene el yo, el ego, y ése es el origen del miedo, del miedo a perder, a sufrir. Si no se conoce el inconsciente, no se comprenderá el miedo y toda búsqueda en uno mismo estará falseada. No habrá amor y el único interés será el de asegurar la continuidad del yo, incluso después de la muerte.

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