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viernes, febrero 27, 2026
La Fuerza del Pensamiento
Según los principios de la física cuántica, en cualquier experimento científico el observador (el investigador) influye y altera el objeto observado (relación observador-observado). Este principio fundamental de la física se aplica asimismo al ser humano. Después de todo, el cuerpo está compuesto por moléculas que están hechas de átomos; esos átomos están compuestos por partículas subatómicas que a su vez están hechas de energía e información.
En realidad, no hay ni rastro de materia en lo que consideramos creación física. Si bien algo puede parecer sólido como una roca, no hay nada sólido en ello; sólo nuestra percepción sensorial induce a pensar que lo es.
También nuestros pensamientos son simplemente formas de energía e información que influyen en otras formas de energía e información, incluidas las células corporales. Si, por ejemplo, uno está triste por algo que le ha sucedido, su cuerpo cambia de postura y sus ojos pierden brillo. Las células de los ojos, al igual que otras células del cuerpo, responden a nuestros pensamientos como los soldados lo hacen ante las órdenes de un superior.
El placebo puede funcionar de varias maneras. Creer que una enfermedad mortal es un mecanismo de defensa del cuerpo puede ser tan efectivo como creer que un fármaco puede curar. En un instante, la energía del pensamiento y de las creencias libera la información contenida a todas las células del cuerpo. La energía y la información de los átomos, las moléculas, los genes, las células, los órganos y los sistemas del cuerpo humano no cuentan con planes propios. No tienen malas intenciones. Lo único que hacen es seguir órdenes. Uno mismo es quien les dice lo que le gusta y lo que no le gusta. En otras palabras, uno es aquello en lo que cree. Es más, aquello en lo que se cree está determinado por el modo en que se ven o se perciben las cosas.
Si se eliminan las causas de una enfermedad y la enfermedad desaparece por sí sola, sabremos con certeza que no había tal enfermedad. Hay razones que hacen que el cuerpo deje de comportarse como lo haría normalmente. Cada vez que impedimos que el cuerpo se comporte con normalidad, éste no tiene otro remedio que aplicar unas medidas correctoras que al menos palíen la situacióny restablezcan sus funciones básicas.
Sin embargo, en Occidente la mayoría de la gente no tiene la oportunidad de experimentar el hecho de ir a favor del cuerpo cuando éste está enfermo, en vez de luchar contra él. Cuando caemos enfermos, creemos de inmediato que el cuerpo funciona mal, cuando en realidad está funcionando correctamente a fin de solventar una situación que nosotros mismos hemos creado o permitido, bien sea por una situación conocida o desconocida. Si pensamos continuamente, «mi cuerpo me está volviendo loco», esa mala interpretación de la situación real acabará finalmente pareciéndonos real.
Además, cuando mucha gente piensa lo mismo se acaba creyendo que se trata de un «hecho» establecido que hay que asumir. Enseguida, todo el mundo cree en ese «hecho» y obra en consecuencia, con miedo y aprensión. Esa verdad deviene una profecía, y el sentido común y el raciocinio se tiran por la borda.
Hemos creado entre todos un clima que espera la enfermedad. En Occidente son muchas las personas que acuden al médico a cada pequeño problema que tienen. Incluso durante el embarazo, con el gran número de revisiones a las que se somete la madre y el feto que crece en su interior se programa a ambos para una gran dependencia médica. Hoy día necesitamos un médico a la hora del parto (aunque millones de niños han nacido hasta ahora perfectamente sin ayuda de ningún médico). También necesitamos un médico para que nos recete las numerosas vacunas infantiles, un médico para que nos recete antibióticos cuando hay una infección de oído o de garganta; un médico que nos recete fármacos para los nervios y la falta de concentración, porque nos alimentamos con aditivos y comida rápida o porque nos falta afecto familiar, cariño y atención; un médico que nos diga que necesitamos fármacos para controlar el nivel de colesterol, para la tensión y un tratamiento para desbloquear nuestras obstruidas arterias, etc.
El cerebro organizador que programa a las masas (formado por quienes tienen intereses creados y se aprovechan de la ignorancia de la gente) manipula con éxito la industria médica y alimentaria para su propio beneficio y control. Hoy día, el colectivo humano no piensa por sí mismo y ha perdido la confianza y la habilidad que le es innata para curarse. Está inmerso en una industria que no tiene interés alguno en mantenerlo sano. Hay muchas maneras de curar a la gente, ahora más que nunca, pero ninguna de ellas se investiga, se refrenda o se promociona por parte de aquellos que se proclaman ángeles custodios de la salud.
En realidad, no hay ni rastro de materia en lo que consideramos creación física. Si bien algo puede parecer sólido como una roca, no hay nada sólido en ello; sólo nuestra percepción sensorial induce a pensar que lo es.
También nuestros pensamientos son simplemente formas de energía e información que influyen en otras formas de energía e información, incluidas las células corporales. Si, por ejemplo, uno está triste por algo que le ha sucedido, su cuerpo cambia de postura y sus ojos pierden brillo. Las células de los ojos, al igual que otras células del cuerpo, responden a nuestros pensamientos como los soldados lo hacen ante las órdenes de un superior.
El placebo puede funcionar de varias maneras. Creer que una enfermedad mortal es un mecanismo de defensa del cuerpo puede ser tan efectivo como creer que un fármaco puede curar. En un instante, la energía del pensamiento y de las creencias libera la información contenida a todas las células del cuerpo. La energía y la información de los átomos, las moléculas, los genes, las células, los órganos y los sistemas del cuerpo humano no cuentan con planes propios. No tienen malas intenciones. Lo único que hacen es seguir órdenes. Uno mismo es quien les dice lo que le gusta y lo que no le gusta. En otras palabras, uno es aquello en lo que cree. Es más, aquello en lo que se cree está determinado por el modo en que se ven o se perciben las cosas.
Si se eliminan las causas de una enfermedad y la enfermedad desaparece por sí sola, sabremos con certeza que no había tal enfermedad. Hay razones que hacen que el cuerpo deje de comportarse como lo haría normalmente. Cada vez que impedimos que el cuerpo se comporte con normalidad, éste no tiene otro remedio que aplicar unas medidas correctoras que al menos palíen la situacióny restablezcan sus funciones básicas.
Sin embargo, en Occidente la mayoría de la gente no tiene la oportunidad de experimentar el hecho de ir a favor del cuerpo cuando éste está enfermo, en vez de luchar contra él. Cuando caemos enfermos, creemos de inmediato que el cuerpo funciona mal, cuando en realidad está funcionando correctamente a fin de solventar una situación que nosotros mismos hemos creado o permitido, bien sea por una situación conocida o desconocida. Si pensamos continuamente, «mi cuerpo me está volviendo loco», esa mala interpretación de la situación real acabará finalmente pareciéndonos real.
Además, cuando mucha gente piensa lo mismo se acaba creyendo que se trata de un «hecho» establecido que hay que asumir. Enseguida, todo el mundo cree en ese «hecho» y obra en consecuencia, con miedo y aprensión. Esa verdad deviene una profecía, y el sentido común y el raciocinio se tiran por la borda.
Hemos creado entre todos un clima que espera la enfermedad. En Occidente son muchas las personas que acuden al médico a cada pequeño problema que tienen. Incluso durante el embarazo, con el gran número de revisiones a las que se somete la madre y el feto que crece en su interior se programa a ambos para una gran dependencia médica. Hoy día necesitamos un médico a la hora del parto (aunque millones de niños han nacido hasta ahora perfectamente sin ayuda de ningún médico). También necesitamos un médico para que nos recete las numerosas vacunas infantiles, un médico para que nos recete antibióticos cuando hay una infección de oído o de garganta; un médico que nos recete fármacos para los nervios y la falta de concentración, porque nos alimentamos con aditivos y comida rápida o porque nos falta afecto familiar, cariño y atención; un médico que nos diga que necesitamos fármacos para controlar el nivel de colesterol, para la tensión y un tratamiento para desbloquear nuestras obstruidas arterias, etc.
El cerebro organizador que programa a las masas (formado por quienes tienen intereses creados y se aprovechan de la ignorancia de la gente) manipula con éxito la industria médica y alimentaria para su propio beneficio y control. Hoy día, el colectivo humano no piensa por sí mismo y ha perdido la confianza y la habilidad que le es innata para curarse. Está inmerso en una industria que no tiene interés alguno en mantenerlo sano. Hay muchas maneras de curar a la gente, ahora más que nunca, pero ninguna de ellas se investiga, se refrenda o se promociona por parte de aquellos que se proclaman ángeles custodios de la salud.
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